Un cerebro del pleistoceno


“La peor posible”: así define Claudio Naranjo la educación que recibió. Estamos en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense, en Madrid. Claudio Naranjo está sentado al lado de José Antonio Marina, es el 16 de enero y estos dos gigantes van a conversar sobre educación y desarrollo de la conciencia.

¿Es posible cambiar nuestros modos de educar? ¿Qué enseñanza necesitamos para formar a seres más humanos y amorosos? Estas las preguntas de arranque. Aunque ambos están convencidos de que sí existen alternativas al actual modelo educativo, hay diferencias en la forma en que ambos reivindican una educación más humana.

Para describir los males causados por la ‘peor educación posible’ que recibió, Naranjo se describe a sí mismo de joven como “un idiota emocional”.
Quizá fuera una mala educación, bromea Marina, pero ¡el resultado ha sido muy bueno!
Según este filósofo educador, la educación de ‘antes’ nos formó para el deber y fue gracias a ella que pudimos hacer muchas cosas y transformar este país. Aunque es cierto que no nos formó para disfrutar de la vida. Así quisimos eliminar el modelo autoritario, pero el modelo actual es irrelevante: el déficit de atención es un síntoma de la irrelevancia de la educación de hoy, en culturas orientales no hay déficit de atención.
La gente ha perdido la conexión consigo misma, el déficit de atención nos impulsa fuera de nosotros. También es funcional. Este sistema económico está basado en la continua generación y satisfacción de deseos, por ello necesita crear un “déficit de atención volitiva”. Una persona con déficit de atención es muy vulnerable a los mensajes de la publicidad, un tipo de consumidor compulsivo perfecto para un sistema basado en el consumo.
Naranjo añade que es necesario recuperar una virtud no moralizadora, no normativa, y actuar desde la virtud trascendiendo el moralismo normativo que define a priori lo que está bien y lo que está mal. La ética entendida como virtud es condición interna desde la cual fluye un comportamiento de buenos sentimientos, algo que nos permite actuar desde el proceso interior de la persona yendo más allá de las ideas.

Todo ello requiere valentía: el ‘comprender’ no es el órgano con el cual se atreve uno, afirma Naranjo. Por ello la valentía es una virtud.
Marina refuerza la idea: “sentir miedo es una emoción que llega, pero ser cobarde es una acción” y cita de su libro Anatomía del miedo la frase que el mariscal Henri de Turenne (1611-1675), famoso por su bravura, dijo antes de entrar en la batalla:” ¿Tiemblas, cuerpo mío? Pues más temblarías si supieras dónde te voy a meter.”

La valentía viene de una fe en la vida, en lo que es correcto, en lo que corresponde, dice Naranjo. El perdón es hoy una palabra corriente pero escasea la virtud del perdón, no perdonamos fácilmente. No se puede practicar el camino del alma sin perdón. En el mundo del condicionamiento no hay espacio por el perdón, porque nos quedamos enganchados a respuestas automatizadas.

Se habla mucho hoy de la ‘educación en competencias’ algo muy dependiente del mundo económico, ligado al hacer, a la producción, que deja muy poco espacio al desarrollo humano. No hemos hecho ningún caso al aforismo ‘conócete a ti mismo’. Instruir no es transmitir información para pasar un examen. Nos faltan competencias existenciales.

El ‘tu’ es una invención del mamífero, es el amar de la madre. El sentido de lo sagrado no pertenece a lo religioso sino que tiene que ver con el respeto por la naturaleza, la capacidad de hacerse uno pequeño para que el mundo se haga grande. Nos hemos puesto demasiado grandes y hemos perdido la capacidad de sorprendernos y de estar en armonía con el entorno. El sentido de los valores es una competencia humana esencial, necesaria.
El amor admirativo es una atracción para compartir valores, un tipo de amor diferente tanto del amor erótico como del amor compasivo.

La domesticación a la que estamos sometidos desde hace mucho tiempo nos ha alejado de los animales. Lo animal está cerca de lo sagrado, pero vivimos en una cultura de domesticación que nos ha separado de lo animal, hemos desacralizado el animal y lo natural.

Marina recuerda que nuestro cerebro se organizó en el pleistoceno, que nacemos con un cerebro del pleistoceno y que son necesarios varios años de domesticación para que seamos ‘humanos’: a los 12 años el cerebro de una persona ya ha absorbido la cultura. La humanidad está al final del proceso de la educación, al principio está la biología. Hay ejemplos de ‘niños salvajes’ que han crecido lejos de los seres humanos y cuyas características propias de los humanos, como el lenguaje, no se desarrollaron aunque estuvieran perfectamente dotados para ellas. Esto demuestra que podemos reinstaurar el proceso de humanización a través de la educación. O bien perderlo.
Probablemente el próximo gran negocio sea la educación para incrementar el coeficiente intelectual. Pero la inteligencia necesita de competencias humanas para que podamos disfrutar de la vida plenamente, como la capacidad de concebir un objetivo que nos trasciende y que nos empuja más allá de uno. La espiritualidad es la capacidad de la inteligencia de seducirse con un proyecto más grande: puedo superarme.
“Soy lo que soy y mis posibilidades” cita Marina de su libro “El aprendizaje de la sabiduría” porque la inteligencia inventa sin parar posibilidades nuevas que son reales en cuanto “ampliaciones que la realidad admite cuando las integramos en nuestros proyectos”.

El juego del poker es una buen metáfora en cuanto todos los jugadores tienen cartas pero gana quien sabe usarlas mejor. El talento está en potencia, su manifestación depende de cómo actuamos.

Naranjo y Marina coinciden en muchos aspectos pero no en el rol que juega  la espontaneidad en la educación. Para el filósofo, la espontaneidad está en le polo opuesto a la libertad porque surge como un automatismo. Hay una etapa muy temprana (hasta los 4 años) en donde los niños tienen una compasión espontánea pero ésta se va amortiguando. Sentir el dolor del otro es el camino más rápido para la empatía. La educación es todo aquello que influye en la manera de pensar y comportarse y sentir de un individuo, y hay buenas y malas educaciones.
Naranjo ve la felicidad como florecimiento y piensa que el educador ha comido demasiado del árbol del bien y del mal, por ello aboga por la permisividad y considera que la política magnificó el enfrentamiento hacia la cultura neo-chamánica y permisiva en un proceso que fue tomando cuerpo en forma represiva hasta llegar al conservadurismo de hoy.

Los dos no llegan a ninguna conclusión, pero sí expresan su compromiso de volver a verse en el mismo escenario para seguir hablando de la educación.
Los aplausos cierran la charla de los dos sabios.

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